Con la racionalidad ausente es “La hora del voluntarismo”
Escrito por ld
Nación - La novedad política de la semana radicaba en la composición del gabinete de ministros que acompañará a la presidente de la República, al menos al inicio de su nuevo mandato. No tanto por los nombres, sino por las señales políticas que implican.
Después de todo, los ministros solo son colaboradores del jefe del Estado, algo que equivale a decir que el/la presidente tiene todo el derecho de elegir a quién se le ocurra.
Desde el punto de vista de la señal política que toda designación implica, surge del análisis conclusiones casi certeras y otras que no lo son tanto.
Sin dudas, la conclusión inmediata es que se trata de una nueva demostración del aspecto totalizador que conlleva el universo K. Es más, es probable que dicho universo haya avanzado aún un peldaño y ya pueda ser catalogado como estrictamente “cristinesco”.
Ni vestigios del peronismo. Solo algunos integrantes se auto designan como tales, pero con la mayor de las cautelas. Julio De Vido, Carlos Tomada y Arturo Puricelli pueden ser catalogados de tales. Aunque solo el último de ellos exhibe una trayectoria que puede ser denominada como partidaria.
Quizás una demostración más de un kirchnerismo/cristinesco que dice nada deber al fundador del justicialismo y que solo reconoce como antecedente válido, sin exagerar claro, a Eva Perón.
Así, los funcionarios que ingresan al gabinete –Juan Manuel Abal Medina y Norberto Yauhar- solo exhiben el mérito de pertenecer “al riñón”. En tanto que Hernán Lorenzino, cercano al vicepresidente Amado Boudou, parece más un “todo terreno” técnico, aparentemente mucho más predispuesto a ejecutar órdenes que a definir políticas.
El caso Abal Medina
Si bien, como se dijo, su mérito consiste en pertenecer al riñón, su perfil es esencialmente distinto. Goza de cierto prestigio intelectual producto de escritos y del ejercicio de la docencia universitaria. La aparente contradicción es solo eso “aparente”.
Por supuesto que resulta imposible soslayar su apego, hoy a Cristina, ayer a Néstor. Dicen algunos que el difunto mandatario consideraba a Abal Medina como una especie de hermano menor. Muchos repiten la anécdota de su presencia solitaria, y autorizada, en los últimos momentos de vida de Néstor, como acompañante de la agonía.
Pero resultaría un error considerar a la cercanía como mero justificativo del ascenso a la Jefatura de Gabinete. No. Abal Medina es mucho más. Es el intelectual práctico, no teórico como los integrantes de Carta Abierta, de la nueva definición nominada como “democracia plebiscitaria”.
El principio es sencillo. Casi infantil. Tal vez, debido a ello, su resultado éxitoso en buena parte de la región latino americana.
Consiste en un franco respeto por la voluntad popular –más allá de cualquier trapisonda o chicana electoral- junto a una negativa frente a cualquier otro componente de la institucionalidad republicana.
Funciona de la siguiente manera: quién gana las elecciones adquiere la suma del poder político. El pueblo no elige sino que plebiscita. Los debates y los acuerdos se hacen innecesarios o, al menos, no son fundamentales. El diálogo, por ende, carece de sentido.
A diferencia de los intelectuales de Carta Abierta, Abal Medina piensa así y actúa así. En ese aspecto, es genuino. Si la orden recibida es contradictoria con su pensamiento, igual prevalece y la ejecuta. Para él, Cristina fue plebiscitada y sanseacabó.
Hasta ayer fue Secretario de Comunicación Pública y entre sus “méritos” cuenta el no haber recibido jamás a ningún empresario del sector, al menos del sector considerado como “enemigo” por el gobierno. Nadie sabrá nunca si fue una decisión propia o una ratificación de la “obediencia debida”.
En el terreno práctico, su designación conlleva el presagio de un endurecimiento gubernamental en la pelea con los medios. Los recientes reclamos de la presidente para que la justicia destrabe la aplicación de la nueva Ley en lo que hace a la desinversión por parte de los titulares de licencias que concentran mayor número que lo estipulado y la urgencia por declarar de “utilidad pública” a la fabricación de papel para diarios, así lo confirman.
Sin dudas, las dificultades económicas y sociales que se avecinan apuran, para el gobierno, la necesidad de reducir los decibeles de las voces disonantes. Y Juan Manuel Abal Medina parece ser el hombre indicado para secundar dicho proceso.
Pero el brillo actual de la estrella del flamante Jefe de Gabinete parece opacar el del Secretario Legal y Técnico de la Presidencia, Carlos Zannini. Fundamental en el armado de las listas nacionales, provinciales y, hasta en algún caso, municipales, para la elección pasada, Zannini nada tuvo que ver, ni fue consultado, para el organigrama ministerial.
Al parecer, solo Cristina Kirchner y su hijo Máximo metieron mano en el elenco gobernante. Tan parece ser así que los ministros confirmados y los nuevos se enteraron de sus destinos por televisión. No hubo ofrecimientos, mucho menos pedidos de opinión. Solo designaciones.
Formas de la democracia plebiscitaria.
El caso Moreno
Si Abal Medina dota de contexto teórico-práctico a la democracia plebiscitaria, el controvertido secretario de Comercio, Guillermo Moreno, corporiza el elemento central de hacer política en la era K: la voluntad.
Desde sus inicios en el manejo de los asuntos públicos, pero mucho más aún a medida que transcurrieron los años de gobierno nacional, el kirchnerismo –cuyos excluyentes protagonistas fue Néstor y es Cristina- caracterizó su accionar por la imposición de la voluntad por sobre la racionalidad y el acuerdo.
Es más si en algún momento falló la voluntad de Néstor –en ocasión de las derrotas frente al campo y en las elecciones del 2009-, la de Cristina se mantuvo incólume. No renunció aún cuando se lo pidió su marido.
Pues bien, ya no pueden caber dudas que, bajo dicho contexto, si Cristina reina, Guillermo Moreno es su súbdito principal.
Ya no es más el secretario de Comercio Interior. Ahora acumula la totalidad de los temas vinculados al sector. Manejará, al respecto, toda la relación del gobierno con las empresas. No lo hará de hecho, como hasta ahora, sino de derecho.
El ascenso de Moreno incluye su exclusiva intervención, de aquí en más, sobre la totalidad del comercio exterior. Aún sobre la importación de hidrocarburos y energía, hasta ahora resorte exclusivo del Ministerio de Planificación de Julio De Vido.
Revista: Moreno actuará sobre los precios, sobre el INDEK, sobre los permisos de exportación, sobre los de importación, sobre el dólar, sobre la energía. En síntesis, sobre la relación del Estado con el sector privado.
Y con Moreno, no hay racionalidad que valga. Su primera nueva tarea es impedir que la eliminación de los subsidios a las tarifas de electricidad, gas y agua sea trasladada por las empresas a los precios.
Se plantea pues una puja donde el gobierno intentará que las empresas absorban, desde su rentabilidad, los mayores costos. Cierto es que hace muy pocos días, la Secretaría de Comercio autorizó un sinnúmero de incrementos de precios pero también es cierto que los aumentos fueron solicitados para compensar inflación. No preveían la quita de subsidios.
Junto a la ampliación de funciones de Moreno, las derrotas de Debora Giorgi y de Mercedes Marcó del Pont, que retienen funciones pero que quedan postergadas en su intención de reemplazar a Boudou, son señales que repercutirán en las internas empresariales. Sin descartar, en dicho contexto, la designación de un político como Norberto Yauhar en Agricultura, Ganadería y Pesca, temas sobre los cuales no demuestra ninguna idoneidad.
A que atenerse
Así, para el campo, el interlocutor solo posee el mérito de ser un K, algo que la prudencia inicial recomienda soslayar pero que, a todas luces, conlleva una intención de venganza. Más aún cuando el comercio exterior queda, como ya se dijo, en manos exclusivas de Moreno.
Pero para la industria, la decepción no puede ser peor. Primero porque intentó un canal de diálogo –inclusive de participación en el gobierno- a través de la figura de Ignacio de Mendiguren.
Nadie ignora, dentro del sector, las aspiraciones ministeriales de de Mendiguren. Es –o fue- vox populi. Con todo, de Mendiguren tenía previsto un plan B, en caso de no alcanzar su meta. Y ese plan B consistía en Giorgi o Marcó del Pont, eventuales defensoras de una devaluación.
Nada de ello ocurrió. Los “mimos” de Cristina al sector se limitaron a meros mimos. A la hora de las decisiones, la presidente privilegió su política. Ahora, los industriales neo oficialistas deben “tragar el sapo” del encumbrado Moreno.
Lejos, muy lejos, estamos desde estas columnas de apoyar visiones sectoriales de la política. Que la presidente haya privilegiado sus convicciones por sobre los “lobbys” merece, sin dudas, aprobación.
El gobierno debe ocuparse del bien común por sobre las aspiraciones de tipo personal o sectorial. En todo caso, la discusión radica en si las decisiones oficiales constituyen el camino válido para alcanzar dicho objetivo.
Cierto es que una devaluación del peso resuelve parcialmente los problemas de competitividad como el encarecimiento en dólares de los costos de producción. Tan cierto como que licúa los ingresos de los asalariados, en particular de los que trabajan en el sector público y de los jubilados.
De allí que su descarte –veremos si es más que momentáneo- deba ser aplaudido. Así y todo, nadie puede dejar de tener en cuenta que queda pendiente el problema de la pérdida de competitividad que ya se traduce en la pérdida de mercados con el consiguiente costo social que implica suspensiones, supresión de turnos y horas extras, vacaciones anticipadas y demás yerbas del azote de la crisis que recién emerge.
Los problemas no son de hoy. Se arrastran desde hace tiempo. Desde que los K decidieron ganar elecciones con un descomunal gasto público que facilitó la vida de los argentinos en el pasado reciente, pero que la complica de sobremanera en el futuro inmediato.
Difícilmente la voluntad pueda “domar al potro”. Solo obtiene logros pasajeros. Duraderos son, en cambio, sus fracasos. Veremos.
Los casos Tomada y De Vido
Carlos Tomada no es un ministro importante. Nunca lo fue y difícilmente lo será. Pero, es un ministro útil. Tomada no se llevó, no se lleva y no se llevará bien con Hugo Moyano. Y en la actual etapa K, eso no es poca cosa.
La concepción K de la voluntad conlleva una definición de la política como lucha. En tal sentido, siempre, invariablemente, existe un enemigo al que vencer.
Ya se dijo que los medios de comunicación no oficialistas recuperan la característica de campo de batalla. Pero, no conforman el único terreno donde se dirimirán pleitos.
De momento, el otro es el sindical.
Es que el “modelo” electoralista no solo ya pasó sino que, además, ya no cierra. La suma de un contexto internacional recesivo y de una inflación interna acelerada solo permiten el “temido” ajuste, rebautizado en el relato K como “sintonía fina”.
Y el ajuste, inevitablemente, choca con el sindicalismo. En particular con el de Hugo Moyano que nunca pierde de vista su sueño de un rol político algo que, de por sí, agrava el enfrentamiento.
El gobierno eligió el camino de la división sindical como el más apto para frenar al camionero. Razones no le faltan. La prepotencia de Moyano, sobre todo en los conflictos que él creó, en materia de encuadramiento sindical, reportaron odios y rencores, además de pérdidas económicas y de peso específico, entre muchos de sus pares.
Los K cuentan, entonces, con el camino expedito para sacar tajada. “Gordos” e “independientes” cuentan las horas para reemplazar a don Hugo.
Claro que el camino de la división es también el camino de la concesión. Pretender un sindicalismo sumiso frente a cualquier decisión gubernamental es una utopía.
El primer punto es entonces qué conceder y qué no. El segundo es cómo hacer aparecer cualquier concesión como un triunfo de los enemigos internos del camionero y evitar su apropiación por parte del otrora principal aliado.
Queda claro que el oficialismo ya decidió no homologar aumentos de salarios siquiera cercanos a la inflación real. Es más, el número mágico resulta el 12. Y el 12, no llega a la mitad del aumento interanual de precios.
Tampoco aparenta el gobierno conceder nada en materia de la deuda que arrastra con las obras sociales por la administración del fondo destinado a hacer frente a prestaciones de alta complejidad que, según Moyano, alcanza a los 12.000 millones de pesos.
Es más, sobre este punto, resulta harto probable que los K estaticen dicho fondo. Algo que les permite borrar la deuda de un plumazo pero además adueñarse de una nueva caja ya que se constituye con el aporte del 15 por ciento de cuanto recaudan las obras sociales.
Cristina rechazó de plano la pretensión moyanística –fundamentada en el artículo 14 bis de la Constitución Nacional- de la participación de los trabajadores en las ganancias de las empresas. Y, difícilmente, pueda dar curso a la promesa inicial de reconocimiento de la CTA, si pretende como pretende dividir las aguas en el sindicalismo tradicional enrolado en la CGT.
Quedan pues dos elementos sobre los que discutir. El aumento del mínimo no imponible para el Impuesto a las Ganancias y la actualización de las asignaciones familiares. Ambos son dolorosos para un Estado que se empobrece. El primero, que puede ser aprobado antes de fin de año, porque achica la recaudación. El segundo porque implica mayor gasto público. Claro que todo podría compensarse con la estatización antes mencionada.
El gobierno debe decidir cual es el camino para vencer a Moyano. Con Tomada se asegura la no convalidación de aumentos salariales por encima de la escueta pauta. Con De Vido, maneja una carta negociadora por si las cosas salen mal.
Mientras tanto, los tiempos se acortan. El jueves próximo, Hugo Moyano promete reventar el estadio del club Huracán en lo que será el primer acto de la nueva oposición a los K.
Habrá que estar atento a cuanto dirá y a cómo lo dirá. Dos cosas son seguras. Por un lado, Moyano pretenderá embanderarse de peronismo y reeditar una vez más aquello de la interpretación ortodoxa en la que no caben el menemismo de ayer, ni el kirchnerismo de hoy. Por el otro, desafiará a los K en su terreno predilecto: el de la voluntad.
La racionalidad, bien gracias.
Luis Domenianni
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