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" El 2012 será un año clave para la continuidad K"

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Nación - Lejos, definitivamente lejos, está Cristina Kirchner de mostrar dotes de estadista. Más bien todo lo contrario, si por estadista consideramos a quien conduce el Estado con una visión de futuro. Pero, sin ninguna duda, suple dicha carencia como una comprensión del presente acompañada por una permanente iniciativa que deja sin palabras a todo el resto del arco político.



Decididamente, Cristina Fernández de Kirchner da lecciones de política. Utilizó su viudez –sin entrar en consideraciones sobre sus sentimientos que le son absolutamente privativos- para generar una sensibilidad popular. Manipuló la economía para llegar a las elecciones con una visión de una Argentina ubérrima capaz de generar consumo por doquier. Siempre tiene a mano un “enemigo” sobre quién volcar culpas, actualmente los medios de comunicación no oficialistas y el sindicalismo vinculado a Hugo Moyano. Y, ahora, con las arcas exhaustas tras tanto gasto público electoralista apresura el ajuste, al que maquilla como “sintonía fina”, justo en el zenit de su popularidad cuando, por casualidad o no, debió ser intervenida quirúrgicamente, algo que redobla muestras de solidaridad. Claro que el tan difundido cáncer no existió y eso resulta, cuando menos, sospechoso.
Lejos, definitivamente lejos, está Cristina Kirchner de mostrar dotes de estadista. Más bien todo lo contrario, si por estadista consideramos a quien conduce el Estado con una visión de futuro. Pero, sin ninguna duda, suple dicha carencia como una comprensión del presente acompañada por una permanente iniciativa que deja sin palabras a todo el resto del arco político.
Sin dudas, la Argentina del 2012 paga los desaguisados de los años anteriores. No queda margen –dinero- para continuar con un populismo compuesto de planes sociales, tarifas subsidiadas, empleo estatal indiscriminado, capitalismo de amigos y falta de inversiones productivas.
No obstante, y al menos de momento, la sociedad no advierte la complejidad de la situación. No asimila que deberá pagar los platos rotos y, por ende, no busca culpables.
Tal vez lo haga cuando el peso del ajuste pase de la etapa de los anuncios a la de su concreción. Cuando deba pagar más para ir a trabajar ya no solo en el subterráneo de Buenos Aires, sino en los trenes suburbanos y en el transporte automotor en todo el país. Cuando sus consumos de electricidad, gas y agua potable –donde existen redes- representen buena parte del ingreso familiar. Cuando salarios, jubilaciones y planes sociales queden deteriorados no solo por los mayores costos en energía y transporte, sino por efecto de su retraso ante la inflación. Cuando repare en los violentos aumentos de impuestos y tasas. Cuando la economía caiga a un bajo crecimiento y peligren fuentes laborales.
El año que acaba de iniciarse será una prueba de fuego para el kirchnerismo. A diferencia de los anteriores, ya no gobierna un país de la abundancia, sino uno que, inevitablemente, debe ingresar en la austeridad. Y eso es otra cosa.
La incógnita a despejar será pues si la reconocida capacidad política de Cristina Kirchner permite que salga airosa de la prueba. O si, como suele suceder en cualquier parte del mundo, la euforia se trastoca en desazón. Si así ocurre, con dicha desazón pueden ocurrir dos cosas: que se limite a un futuro repudio en las urnas o que se haga presente en las calles. 2012 no será un año más.

En las gateras
Queda visto que el gobierno no rehúye ninguna pelea. Es más, por lo general, las inicia. Hay terrenos de batalla que se avizoran y otros que están en duda. En ambos, ya no resulta imposible –y aquí puede sobrevenir el cambio- que la iniciativa no quede en manos del oficialismo. Algo que no implica una retracción, ni mucho menos. Pero que pone en discusión los roles estelares. No será el kirchnerismo quien totalice la escena. Distintos sectores sociales pueden disputarle el cartel.
Sin dudas, el sindicalismo será uno de ellos, seguramente el primero. No todo el sindicalismo, claro. Pero será el que viene demostrando mayor capacidad de movilización. Es decir, el que está dispuesto a dar la disputa en la calle.
Dicho sindicalismo es, obviamente, el que responde al actual secretario general de la CGT, el camionero Hugo Moyano, particularmente fuerte en los gremios del transporte, vitales para ensayar una estrategia de choque.
Moyano no cuenta con los “independientes”, ni con los “gordos”, pero suma a algunos que hasta ayer se situaban en sus antípodas. Así, junto a Moyano ya puede asegurarse que estarán Luis Barrionuevo, Gerónimo Venegas y Pablo Micheli.
El punto a favor de Moyano y aliados es la objetividad. Retraso salarial, congelamiento de las asignaciones familiares y no pago de las deudas del Estado con las obras sociales constituyen argumentos difíciles de contrarestar desde los sindicatos prestos a desbancar al camionero en alianza con el gobierno.
A todas luces, las paritarias de marzo próximo conforman el punto crítico de la disputa. Quienes firmen por el 18 por ciento, como pretende el oficialismo, pueden quedar mal parados si los díscolos obtienen, producto de la movilización, incrementos superiores.
Algo por el estilo ocurrió en épocas del “rodrigazo” hace casi cuarenta años. Por aquel entonces, los sindicatos que aceptaron un aumento en sintonía con la pretensión oficial quedaron descolocados frente a la magnitud del ajuste –también por aquella época impostergable- que lanzó el ministro de Economía, Celestino Rodrigo, en la administración de María Estela Martínez de Perón. La reacción fue callejera. Los convenios firmados debieron ser revisados al alza. Rodrigo duró lo que un suspiro. Y todo terminó como se conoce.
Claro que las condiciones son otras. No existe violencia callejera, la inflación –si bien muy alta- no equipara la de aquella época y Cristina no es Isabelita. Pero si resulta cierto que mecánicos y metalúrgicos ya acordaron un incremento del 18 por ciento, en su afán de desbancar a Moyano, corren serios riesgos de quedar superados hasta por sus propias bases. Tan es así, que el SMATA salió rápidamente a desmentir la especie difundida desde el gobierno.

Las alianzas

De los restantes estamentos que componen la sociedad argentina, algunos muestran inquietud y otros resignación.
Entre los inquietos figura uno –por ahora- de los sectores piqueteros. Es Barrios de Pie. El resto se dividen entre oficialistas a ultranza y críticos aún no movilizados.
También aquí la objetividad parece estar de parte de quienes se aprestan a la protesta. El eje del desacuerdo está en el monto que perciben quienes reciben los beneficios del Plan Trabajar. Es que jamás fueron actualizados –y ya llevan casi dos años- los 1.200 pesos que perciben los “cooperativistas” inscriptos.
Barrios de Pie exige un incremento de, por los menos, un 50 por ciento. Advierte que el plan pierde a diario su razón de ser, dado que muchos cooperativistas deciden no cumplir tareas ante lo exiguo del haber. Es posible que así sea aunque jamás fue pensado, ni concebido, con criterios de productividad.
En todo caso, no es el punto a tener en cuenta. Desde la política, no se puede quitar el ojo sobre la eventual alianza entre piqueteros de Barrios de Pie, la CTA de Pablo Micheli y Hugo Moyano. Si se concreta, los finales de febrero o los principios de marzo verán un país cruzado por movilizaciones.
Sin dudas, la respuesta del gobierno es, de momento, enfrentar. Un enfrentamiento que se divide en dos partes: una de cumplimiento inmediato, la otra aún de contingencia.
En la de cumplimiento inmediato, el oficialismo pretende aislar y, si es posible, pasar a cuarteles de invierno a Hugo Moyano. Su candidato a reemplazar al camionero al frente de la CGT es ahora el metalúrgico Antonio Caló. Aún no está definida la estrategia pero consiste en una suerte de “a Dios rogando y con el mazo dando”.
Los partidarios de la mano dura –los “nenes bien” de la Cámpora- pretenden una embestida judicial contra el camionero que lo coloque entre rejas en alguna de las causas que tiene abiertas.
Los dialoguistas buscan –sin dejar de esgrimir amenazas- algún intento de acuerdo para una salida honorable de don Hugo. Julio De Vido es quién encabeza a quienes no quieren que la sangre llegue al río.
Si por las buenas o por las malas, Moyano no se va y la etapa de las movilizaciones comienza, pues entonces el gobierno recurrirá al choque, algo para lo que no parece estar muy preparado.
En primer lugar, porque es todo un interrogante la capacidad y la voluntad de lucha callejera de La Cámpora y demás agrupaciones nacidas al calor del oficialismo. En segundo término, porque las organizaciones sociales adictas padecen el síndrome del aburguesamiento de su dirigencia.
Deberá necesariamente quedar en manos de la voluntad de enfrentamiento de los sindicatos opuestos a Moyano. Algo que no es tan fácil de resolver por los precios a pagar y porque la voluntad de ruptura difícilmente llegue al terreno de la disputa callejera.

El resto

Del resto de los actores sociales, solo dos pueden llegar a dar batalla. Uno es, nuevamente, el campo. El otro es el sector financiero.
La caída, lenta pero sin pausa, de los precios internacionales de los granos, junto con la desesperante sequía que reducirá la cosecha de maíz y de soja, posibilitan que quede nuevamente sobre el tapete la cuestión de las retenciones.
Hablar de una reducción de cosecha en algo menos de la mitad de lo esperado en función del área sembrada ya no resulta quimérico. Hechas las cuentas, es probable que no pocos productores decidan dedicar los campos a pastoreo en lugar de recoger el grano.
Para colmo, la revisión de las estimaciones a la baja, tanto aquí como en Uruguay, Paraguay y Brasil, no implica como habitualmente ocurre un incremento de los valores internacionales, hoy por hoy mucho más afectados por la situación financiera internacional.
Es que como ya se explicó muchas veces, los altos precios –básicamente, de la soja- no se fundamentan solo en la fuerte demanda china. Dicha demanda hizo que muchos fondos de inversión adquiriesen contratos a término y ello generó una burbuja especulativa alrededor de los “commodities”. Ahora el enrarecido aire de las finanzas internacionales determina una corrida hacia inversiones menos rentables pero más seguras. Así, cada mala noticia que llega de Europa neutraliza cualquier posibilidad de incremento de precios ante la voluntad de venta de dichos contratos.
De momento los productores piden la eliminación del pago de impuestos con la declaración de desastre agropecuario y la constitución de un fondo anticrisis que colabore en el pago de las deudas contraídas por la adquisición de semillas y las tareas de siembra. Ambas solicitudes cuentan con pocas chances de éxito si se tienen en cuenta las dificultades fiscales del gobierno nacional y de los gobiernos provinciales y municipales.
De allí que no son pocos los dirigentes que comienzan a pregonar contra las retenciones. Algunos por razones ideológicas, otros meramente prácticas. Un pregón que si se generaliza puede reiniciar las épocas de la guerra gaucha del año 2007.
Nadie puede esperar en cambio una movilización de los banqueros. No, de las que ganan la calle o las rutas, claro. Pero si las necesidades de caja del gobierno lo llevan a imponer tributos especiales sobre la renta financiera, reacciones son de esperar.
El otrora banquero de Néstor Kirchner, Jorge Brito, es proclamado hoy por Guillermo Moreno como el enemigo principal del gobierno. A él le atribuyen la corrida cambiaria que el oficialismo frenó a medias con amenazas y represión. A él le asignan la responsabilidad por la salida de dólares fuera del país.
Nadie puede presumir inocencia banquera frente a cuanto ocurrió y aún ocurre. Pero tampoco nadie puede ignorar que las acusaciones de Moreno pre anuncian cambios en las reglas de juego. Si ello ocurre, más allá de cuestiones ideológicas, habrá un nuevo campo de batalla.

Triunfos no reversibles

Aunque siempre todo es posible, donde el gobierno parece tener ganada la batalla es en el sector de la cultura y la comunicación.
Tal vez porque allí, como en ningún otro terreno cuenta con el aval del voto popular. Es así que la pelea por Papel Prensa y por la desinversión forzosa en materia de medios de comunicación electrónicos, parecen ganadas aunque subsiste la posibilidad de una resistencia en el campo judicial aunque de dudosos resultados.
De momento, el relato único –y oficial, claro- impera en el país. Se trate de historia, de política o de economía, el pensamiento oficial triunfa por sobre las voces críticas.
La resistencia intelectual no galvaniza posiciones y el discurso oficial gana terreno y tiempo, aún cuando quedan marcadas sus inconsistencias.
Sin dudas, esta batalla cultural ganada por el oficialismo no se limita a un mero debate académico.
Es, por el contrario, parte fundamental del modelo, más aún cuando es dable presagiar dificultades no menores en los restantes campos. Mientras el relato esté asegurado, la pelea es posible de ganar. Si flaquea en la aceptación popular, otro puede ser el cantar.
De allí que habrá mas cristinismo que nunca. De allí que no puede existir espacio para críticas –ni siquiera constructivas o bienintencionadas- desde adentro del modelo. De allí que nadie puede hacer nada sin la bendición presidencial. De allí que cualquier actitud dudosa es interpretada como sospechosa.
Dos pequeñeces a interpretar. Daniel Scioli compartió un partido de fútbol con Mauricio Macri en Mar del Plata y sus esposas se fotografiaron abrazadas. ¿Cuál será el embate del gobierno nacional contra el gobernador bonaerense? ¿Es posible que se interprete el juego como otra cosa que una traición artera al momento de la convalecencia de Cristina? Respuesta abierta.
Otra, el diputado ultra K Carlos Kunkel acaba de presentar las “cristinushkas” remedo local de las matrioschkas rusas, esas formas semi cónicas que se insertan unas sobre otras. A diferencia de la versión rusa donde todas las formas están decoradas con la misma figura femenina en distinto tamaño, la versión K muestra a la de mayor tamaño con la figura de Cristina Kirchner, le sigue en menor volumen la de Néstor Kirchner, aparece en tercer lugar, más pequeña, la del fallecido presidente Héctor Cámpora. Más chica, y cuarta, una sonriente Eva Perón. Por último, el más chiquito es el que muestra un general Perón con gesto adusto. El relato en simbología.
En síntesis, un año duro para el kirchnerismo y un año duro para el país. En definitiva con una única incógnita por develar: el pueblo argentino aceptará las malas noticias como inevitables consecuencias de un modelo al que adhiere o cambiará de opinión y decidirá que el país K fue solo un paréntesis histórico. Hete aquí la cuestión.
Luis Domenianni

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